Obra

Sin techo.

Una especie de murmullo lejano, como de marabunta que se acercaba poco a poco, la sacó de un sueño al uso en el que por fin había conseguido mantenerse durante al menos cuatro horas, ni pesadilla ni entre nubes de algodón, simplemente un sueño en el que pudo dormir.

Según fue saliendo del rincón que se había convertido durante los últimos tres meses en su casa, por llamarlo de algún modo, en los soportales cercanos al metro de Moncloa, se dio cuenta de que no había tal muchedumbre enfervorizada en la lejanía, sino más bien una tremenda tormenta de verano que estaba descargando litros y litros de agua.

-No me viene mal una ducha, la verdad – pensó Alma.

Y mientras disfrutaba de ese momento con las calles prácticamente vacías y los primeros rayos de sol asomando, decidió que en ese preciso instante comenzaría una nueva etapa.

Siempre había tenido una cabeza muy bien amueblada, quizá algo dispersa, pero ese había sido por suerte su techo.

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