Relatos

Ópera vecinal.

Desde la ventana del patio interior al que daban todas las cocinas del edificio, se podía ver la vida y por desgracia, la muerte de cada uno de los inquilinos de aquel olvidado bloque de viviendas que se había quedado en medio de la nada.

Había una cierta cadencia y ritmo en los movimientos que se iban sucediendo a lo largo de las 24 horas del día, como una coreografía ensayada una y mil veces.

La obertura enlazaba tintineos de cucharillas metálicas con los primeros ladridos de los perros que acababan de despertarse, aderezados con un ligero caminar de patitas que tictoqueaban sobre los suelos de madera y acompañadas puntualmente de un suave crujido.

En el intermedio musical, que era una media hora después, era cuando Alma se incorporaba al mundo de los vivos, y aportaba su ración de musicalidad removiendo y removiendo su café durante un buen rato, mientras sentada en la mesa de su cocina se hacía una imagen mental de lo que podría ser su día.

-Es imposible que me de tiempo a organizarlo todo, me faltan horas y me sobran ideas que poner en marcha – pero al mismo tiempo que era consciente de su necesidad de estar haciendo siempre cosas nuevas, abría el bloc de notas de su móvil y añadía una línea más a su lista de proyectos.

Primer acto, y en una sincronía perfecta, rrrassss, ventanas correderas que auguraban aromas a suavizante y despliegue de sábanas recién lavadas, brisa agradable que sólo se rompía con los saludos entre los actores.

Por eso Alma, solía tender la ropa cuando volvía a casa por la noche, ella era más de monólogos.

-Otra vez que me vuelvo a quedar empanada con el café, así es imposible, mañana me tomaré el café de pie para perder menos tiempo.

Este era el mantra que Alma se llevaba repitiendo cada día desde hacía años, pero era su momento zen del día y sólo se daba cuenta de que la había vuelto a atrapar, con el último sorbo de un café prácticamente frío que le hacía mirar el reloj del microondas, y darse cuenta de que había pasado una hora.

Segundo acto, silbidos de vapor, cuchillos y batidoras, todos a una en el clímax de la obra, como preparándonos para el gran final, que Alma suavizaba con su aportación de reminiscencias de un bosque lluvioso.

Y un ligero siseo de su ventana para recoger la ropa tendida de la noche anterior, cuando sin pensarlo se convirtió en pieza clave de la obra.

-¡Cuidado! Eh, ¡el del quinto! – no había conseguido, ni tampoco puesto mucho interés en conocer los nombres de sus vecinos, ella les daba sus propios nombres, pero dada la situación le parecía poco apropiado llamarle Barbitas.

Siguió gritando como una desesperada durante los siguientes dos minutos, que le parecieron una hora, y sus gritos se ahogaban en la gran bacanal de sonidos matutinos, hasta que de repente solo se escuchó su voz.

-Eh, eh, ¡oye, por favor! ¿alguien me está escuchando?

Y de repente Barbitas se asomó por el lugar equivocado.

-¡Pero tía! ¿estás loca? ¿Se puede saber qué te pasa para que estés gritando así a estas horas de la mañana? ¡Vas a despertar a los niños!

-¡A ver imbécil, que ya se han despertado! ¡¡¡¡TE QUIERES IR DE UNA VEZ A SU HABITACIÓN ANTES DE QUE SE CAIGAN POR LA VENTANA!!!

Y así es como Alma consiguió un papel algo más relevante para las representaciones de los siguientes días.

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