Tacones y Ron.

“Cuando metió el pie en uno de sus tacones de aguja, de imitación de piel de serpiente, le llegaron unos efluvios a ron añejo con reminiscencias de un pasado que le parecía haber ocurrido hacía apenas dos minutos.

Tuvo que correr hasta el baño prácticamente sosteniéndose sobre la poca dignidad que le quedaba, y las paredes del estrecho pasillo de su apartamento, un pasillo que le estaba pareciendo interminable.

Sentada en el suelo de baldosas setenteras e intentando situarse en una dimensión espacio-temporal que le resultaba desconocida, vio su rostro reflejado en la mampara de la ducha, deformado, borroso, … y lo más crudo fue que se reconoció en él.

Recordaba vagamente un ir y venir de caras – algunas conocidas, otras menos – gestos, saludos y despedidas, bailes, saltos, coreografías míticas que solían repetir ella y dos amigas en todas las fiestas que hacían, en el momento del clímax como colofón a una noche que había salido a la perfección, pero no demasiado pronto por si al final el resultado no era el esperado.

Recordaba lo típico que solía recordar en una mañana de resaca pero había algo que no terminaba de encajarle en aquella normalidad impostada, en ese silencio sobrevenido como por obligación que envolvía toda la estancia.

Hizo una especie de reconocimiento de la zona y cuando se estaba levantando como pudo, apoyada en la bañera, al enfrentarse de nuevo a su rostro desdibujado, ahora no tan borroso, de momento se asustó porque en su reflejo descubrió manchas de sangre en la cara, y se asustó aún más cuando comprobó que las manchas estaban en la mampara de la ducha.

Volvió dando traspiés al salón, y al tropezar con sus tacones, a los que había abandonado en medio del pasillo hacía un rato, cayó al suelo, y sus tacones también tenían restos de sangre; igual que la persona que yacía inmóvil a pocos centímetros del lugar al que había ido a parar tras llevarse por delante varias botellas vacías que al caer terminaron de decorar la escena con decenas de confetis cristalinos que centelleaban con los rayos de luz que entraban por la ventana.

Por el momento se dio por vencida, se preparó una buena copa de ron, y decidió esperar pacientemente aunque el único invitado que quedaba de su fiesta no parecía tener intenciones de volver a respirar, ni siquiera por cortesía hacia su anfitriona con la que tantas noches de rock y locura había disfrutado.

No le quedaba más remedio, tendría que hacer memoria para prepararse concienzudamente una lista de teléfonos a los que empezar a llamar”.

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